Sonia Wilt del Villar | JUGANDO CON NIÑOS EN TERAPIA
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Manos jugando

JUGANDO CON NIÑOS EN TERAPIA

Por Laura Carbonell

Los profesionales que nos dedicamos a trabajar con niños en terapia nos encontramos con padres que confían en nosotros para que ayudemos a sus hijos a encontrarse mejor ante un problema concreto, a superar algún tipo de obstáculo o a controlar un comportamiento que está ocasionando problemas en casa o en el colegio. Muchas veces, estos padres se encuentran desconcertados o con dudas acerca de qué es lo que estamos haciendo, sobre todo cuando el niño sale de consulta y le cuenta que ha estado jugando toda la hora de sesión. Parece bastante razonable pensar que esos padres preocupados por lo que le ocurre a su hijo se puedan llegar a echar las manos a la cabeza pensando en la pérdida de tiempo (y dinero) que supone llevar al niño a  terapia. Es para estos padres para los que escribo las siguientes líneas, en un intento de acercar nuestro trabajo simbólico y a veces hasta extraño, a todos aquellos que en algún momento se han planteado qué es lo que ocurre y cómo funciona la terapia con niños cuando éstos “sólo” juegan.

Parece bastante admitido por todos que el juego es una parte fundamental en la vida de los niños, pero no siempre se tiene en cuenta que se trata de algo más que una actividad “simplemente lúdica”, que sirve para divertir o distraer.

Cuando trabajamos en terapia, el juego se convierte en el lenguaje del niño; es la forma en la que éste puede acceder a su mundo interno, a sus miedos y frustraciones desde una distancia suficiente como para hacerlo sintiéndose seguro.

Dependiendo de la edad y desarrollo evolutivo del niño, éste será más o menos capaz de darse cuenta y expresar con palabras lo que le está ocurriendo por dentro cuando se enfrenta a una situación temida, que le desborda, que no sabe manejar.

Sin embargo, no hay que olvidar que ni siquiera los adultos (a quienes se nos presuponen adquiridas ciertas capacidades) somos siempre conscientes de qué es lo que estamos sintiendo, por qué, o qué hacer con ello. A veces encontramos alivio hablando de lo que nos preocupa con amigos, otras veces lo que necesitamos es simplemente sentirnos acompañados para así coger las fuerzas suficientes como para abordar la situación por nuestra cuenta. En otras ocasiones la confusión interna es tan grande o la intensidad de lo que sentimos tan alta que no encontramos ni las palabras ni las ganas para abordar lo que nos preocupa con nadie o buscar compañía siquiera.

Los niños, por suerte, cuenta con una herramienta “natural” que les permite expresar de manera indirecta pensamientos y sentimientos en los que de otro modo les resultaría muy difícil entrar. Pero no sólo eso, a través del juego repiten cualquier escena que les haya podido causar impresión en la vida real, que no entiendan, que no hayan sabido gestionar, sobre la que sientan que no han tenido oportunidad de actuar… y reinventar la experiencia para comprenderla, asimilarla y tener un papel activo frente lo que se vivió de manera pasiva.

Así, un niño que vive atemorizado en el colegio puede jugar con figuras de animales para contarnos, sin hablar, lo que está viviendo: un tigre, un oso o un león podría representar al niño que le asusta. La figura que escoja para enfrentarse a él también nos puede dar información sobre cómo se ve, con qué capacidades siente que cuenta para defenderse. No es lo mismo que elija un gueopardo veloz, también fiero, que un cerdo, una vaca, o un pequeño ratoncillo, con mínimas oportunidades para luchar o huir. ¿Se trata de un escenario donde sólo están el perseguidor y el perseguido o hay más personajes involucrados? Y si esto es así, ¿qué papel están jugando? ¿son tan sólo espectadores o toman partido en la persecución? ¿son posibles recursos, ayudas, con los que el niño no está contando?

Pero no se trata sólo de una forma de hablarnos de lo que le ocurre, también es el modo en el que niño pone fuera de él la angustia que vive dentro, contando su historia desde la distancia, como si no fuera real, descargando su miedo o el enfado hacia los que le hacen daño. Por otra parte tiene la oportunidad de jugar distintos roles a través de los distintos personajes,  ponerse en el papel del tigre, sentirse fuerte, poderoso, contactar con esa parte suya olvidada para poder rescatarla. En este escenario imaginario, todo es posible, cualquier final tiene cabida: el tigre puede verse vencido por el ratón o un personaje inesperado puede aparecer y ayudarle, sintiéndose así acompañado y reforzado en su lucha. De esta forma indirecta y segura puede acercarse a su conflicto, superando la ansiedad que le provoca y encontrando posibles soluciones.

En otra ocasión, el niño puede jugar a ser un superhéroe, dotado de “superpoderes”. Puede tener una fuerza extrema, que le hace invulnerable frente a los peligros de la vida, puede salvar a otros en peligro, puede vengarse de los que le roban algo suyo, ya sea la merienda del recreo o quién sabe, quizás a un padre o una madre perdidos. Puede superar así sentimientos de impotencia o indefensión recuperando, aunque sea de forma simbólica, el control activo de la situación mientras juega a ser ese personaje poderoso.

A través del juego el niño también puede hacer de enfermo, para que alguien le cure las heridas, o de médico, curando a un ser querido que lo necesita, asimilando gradualmente de esta manera la situación que está viviendo fuera de consulta.

Además de este juego simbólico, los niños también juegan de otras formas (juegos de acción, de ejercicio, de construcción o de reglas) que nos dan una información muy valiosa a los profesionales que trabajamos con ellos sobre la etapa del desarrollo evolutivo en la que se encuentran, para hacernos una idea de sus necesidades y así poder ayudarles.

El niño, en sesión, puede necesitar tirarse una y otra vez a las colchonetas, hacer volteretas, hacer guerras de cojines…descargando energía, tensión, y relajándose. Si se trata de la única forma que tiene de jugar cuando por edad debería haber adquirido otras, nos está diciendo que necesita ayuda para poder enfrentarse a lo que en su día a día se le va a exigir, tanto en el cole como en casa puesto que se le presupondrán unas herramientas que aún no ha podido desarrollar.

Cuando jugamos al “Cuatro en raya”, “Quien es quién” “Parchís” o cualquier otro tipo de juego de reglas, estamos poniendo en práctica la capacidad del niño de respetar turnos, estamos manejando la frustración que supone perder, no consiguiendo siempre lo que a uno le gustaría, nos estamos situando en el punto de vista del otro para tratar de anticiparnos a su estrategia y así no dejar que acabe ganando, estamos sintiéndonos capaces y valiosos cuando la estrategia que hemos anticipado nosotros resulta vencedora, en ocasiones nos obliga a llegar a un acuerdo o punto intermedio entre dos posturas enfrentadas o cuando decidimos jugar de una forma diferente, cambiando las reglas…

En resumen, estamos practicando lo que fuera se nos va a pedir y vamos a necesitar para la vida, y todo esto dentro de su  propio espacio, en un lugar donde él si puede acceder con facilidad,  en su propio lenguaje. Todo esto y muchas cosas más es lo que ocurre en ese tiempo en el que el niño (y si hay suerte, el terapeuta también) juega.

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